Soledad impuesta,
que te acurrucas en mi lado más debilitado,
que bostezas desechando mi sueño,
que te creces cuando hago uso de tu aliada,
la soledad escogida.
Ese retiro pactado
con el aislamiento de una necesidad innata,
que muere tras los pasos,
las huellas,
de unas pisadas irrisorias.
Soledad maldita,
que me asfixias con tus silencios inoportunos.
Tu soga clandestina,
ata, atrapa y secuestra la fonética de una expresión libre.
Ahoga el origen de una lengua, un lenguaje,
procedente,
fruto,
nacido de una cultura dualista
basada en los estirpes de unos suspiros universales.
No me entristezco por tu nueva presencia,
sólo se trata de una aflicción de lo perdido,
si es que algún día llegué a encontrarlo…
Eres sustituta de la compañía,
o más bien enemiga, al menos en mi caso.
No sólo fabricas vacío,
sino que arañas cada rincón de lo aparentemente hueco
a través de un arte ambiguo pero frío y calculador.
Y cada segundo de mis días,
tú vas ascendiendo unos milímetros más,
dejándome cada vez más abajo,
más cercana al inframundo,
a mi más personal abismo oceánico,
punto geográfico intransitable,
sin fuerzas para nadar,
y mucho menos a plena contracorriente…
Y no sé si seré capaz de sobrevivir al maremoto
servido tras tu huída tropical,
después de un abandono tan escarchadamente invernal.
A lo sumo,
con suerte,
seré náufraga de un viaje sin destino.
Y me perderé en el cuarto oscuro
de mis buenas intenciones.
La confianza, la esperanza y el optimismo
también son castigados,
encarcelados,
en la celda de la injusticia,
o al menos en la del olvido ajeno.